
Cierta ocasión, se encontraban en una competencia un grupo de sapos, unos veinte quizá, la tarea era subir por una pequeña montaña de tierra mojada, casi lodo. Mientras esto ocurría habían varios animales que observaban el acto, pero a más de disfrutar de la competencia estaban dispuestos a que ningún sapo llegue a la cima, para lo cual utilizaban insultos e improperios como: “sapos inútiles, nunca podrán subir, mejor desistan, no pueden, salgan de allí, nadie lo ha logrado, etc.”, y la verdad parecía que los de fuera tenían razón, pues nadie podía subir y uno tras de otro, los sapos seguían cayendo. Eran inútiles los nuevos intentos y los gritos de la afición presente seguían. De pronto se logra divisar que uno de los sapos competidores no desistía, y seguía su ascenso ante la mirada de los espectadores con su afán de conseguir que también cayera. Los gritos esta vez no funcionaron y el sapo logró llegar a la cima destacándose como el único, ante esto corrieron todos a verle y a felicitarle, lo primero que hicieron es preguntarle, ¿cómo lo lograste?, ¡Fuiste el ganador! En ese momento todos se pudieron dar cuenta de una particularidad, el sapo que había llegado no podía escuchar, pues era sordo. Simplemente, si no era sordo se hubiese producido su desistimiento en el ascenso al igual que sus compañeros, lo que nos muestra claramente que podemos perder la motivación por causas externas, provenientes de los que nos rodean y algo sumamente incomprensible es la procedencia, pues llega de los familiares o conocidos del medio en el cual nos desenvolvemos.